Mudejar

En la singularidad del mudéjar de Teruel confluyen dos tradiciones artísticas claramente diferenciadas, que acaban por integrarse en una sola, logrando de este modo su fuerte e indiscutible personalidad.

En primer lugar el mudéjar de Teruel bebe en la tradición islámica aragonesa, que es tanto como decir zaragozana, circunstancia de fácil fundamentación ya que tanto política como eclesiásticamente la ciudad se halla vinculada con la capital del reino de Aragón. A esta tradición aragonesa cabe adscribir algunos de sus elementos básicos: la utilización profusa del ladrillo con carácter constructivo y ornamental en sus monumentos, tan característica del mudéjar aragonés, la aplicación de la cerámica decorada en los exteriores arquitectónicos y la recepción de fórmulas ornamentales y estructurales muy arraigadas en la tradición islámica aragonesa.

De este conjunto de características de raigambre aragonesa destaca la riqueza exuberante de la decoración cerámica aplicada a los exteriores arquitectónicos, ya presente en los monumentos más antiguos del siglo XIII, las Torres de Santa María y de San Pedro. No se trata de piezas reutilizadas sino que han sido hechas expresamente para la ornamentación arquitectónica, circunstancia que corrobora la antigüedad y primacía de los alfares turolenses en su serie cerámica verde y manganeso, de tradición islámica cordobesa. Aunque la decoración cerámica sea una característica común del mudéjar aragonés, en Teruel alcanza su mayor verbosidad, fenómeno que no encuentra parangón en el resto de los focos mudéjares españoles, y que a pesar de las distancias geográficas y culturales sólo es comparable al de la profusión ornamental de la azulejería en exteriores que se desarrolla en al arte islámico de Oriente a partir del siglo XIII. Hay una comunidad estética entre ambos extremos de la cultura islámica; a través de la cerámica vidriada Teruel estrecha su mano con el Oriente islámico.

También corresponden a la tradición islámica aragonesa, cuyo taller y foco difusor fue el palacio hudí de La Aljafería, algunos elementos ornamentales del mudéjar turolense, entre los que han de destacarse los arcos de medio punto entrecruzados y los arcos mixtilíneos, ambos presentes en la mezquita taifal zaragozana .Y a la misma tradición hay que adscribir el sistema estructural de las Torres de San Martín y de El Salvador con un alminar como soporte del cuerpo de campanas. En suma una tradición aragonesa enfatizada con los aportes locales cerámicos.

Pero en segundo lugar el mudéjar de Teruel se caracteriza por su temprana apertura a las influencias que llegan del mediodía peninsular, tanto del mundo hispanomusulmán, en particular almohade, como de otros focos mudéjares. Teruel es, en este sentido, la puerta aragonesa hacia el Sur. La particular conformación de la morería turolense, con una fuerte inmigración exterior propiciada por la política real de Pedro III con sus privilegios fiscales de 1285, explica la recepción de estructuras y sistemas ornamentales de tradición almohade, que renuevan y vivifican el arcaísmo aragonés a través de Teruel. Teruel devuelve así a Aragón más de lo que había recibido.

A esta renovación de estructuras y sistemas ornamentales inmigrados hay que adscribir de un lado la estructura de la techumbre de Santa María, con su armadura de par y nudillo, única en el mudéjar hispánico por su decoración pintada, y el sistema ornamental de grandes paños de sebqa en ladrillo resaltado que se estrena en las Torres de San Martín y de El Salvador. Todo ello perfectamente asimilado e integrado en la tradición aragonesa anterior. Por todo ello, el mudéjar de Teruel, espejo del mudéjar hispánico, ha sido reconocido justamente por la UNESCO como patrimonio de la humanidad.